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A nosotros, los amantes de la noche.

Aullábamos a las noches sin luna. La noche y la rebeldía son un dueto imparable, memorable, y se quedan con nosotros en alguna dimensión de la pasión.

No hay nada mejor que un doble bombo y el bajo de Pantera cuando tienes un ron en la mano, es la cima del mundo, te sientes plena, intocable. Éramos valientes, auténticos, libres. Bastaba con subir a un carro, conectar un Ipod, comprar una botella, unos cigarros y salir juntos. La conversación no importaba, era trivial, lo importante era la música, a todo volumen, la música que exorciza los demonios, que expía las culpas, la música como un pasaje a la libertad.

Todo quedaba atrás, no tenías que pretender ser nadie, no debías tener trabajo, títulos o pareja, lo único necesario era pasión por el rock. Con el tiempo vamos cambiando y por supuesto, nos hacemos más flexibles acerca de aquello que aceptamos escuchar, pero en aquellos años todo era sobre el rock, los estilos, las mejores bandas, los conciertos, los ensayos, los solos de guitarra.

Si cierro los ojos mientras escucho Pantera, veo Caracas desde Valle Arriba. Recorrimos la ciudad, la contemplamos durante horas, mientras escuchábamos las mejores canciones en la historia del rock.

Muchos hombres y pocas chicas, era parte del ritual de músicos, recuerdo grupos como de 20 chicos y 3 chicas, más o menos esa era la proporción, para estar allí solo debías saber beber, saber de música, ser buena en el sarcasmo y en el “chalequeo”. Mí amiga Candy y yo siempre hemos sido de mente rápida y elocuentes, así que cada fin de semana pasaban por nosotras. Nunca me importó que existiera esa especie de machismo, yo solo quería aullarle a la noche, quedarme sorda de música y sentir la brisa nocturna en mi rostro.

Fue una gran época, unos años de estruendo memorable, basta con un buen disco para que todo vuelva a mi memoria.

Pero la vida no para, tiene su cauce y más temprano que tarde cambiamos. La pasión por nuestra profesión, el amor y las responsabilidades llegan, junto con la verdadera independencia.

A pesar de eso, siempre tendremos Caracas, y las noches, aunque sea desde la ventana, aquí están mis audífonos, ésta sigo siendo yo, digamos que una versión mejorada, pero siempre Nis.